LA IGLESIA PRIMITIVA: ESCRITOS
Mostrando entradas con la etiqueta ESCRITOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ESCRITOS. Mostrar todas las entradas

Fragmentos de papías

papias

(Citas en la literatura cristiana primitiva)

I. Eusebio, Cronicón (Syncell 655, 14) por Olymp. 220

Ireneo y otros registraron que Juan el Teólogo y apóstol sobrevivió hasta los tiempos de Trajano; después de aquel tiempo, Papías de Hierápolis y Policarpo, obispo de Esmirna, que fueron oyentes suyos, llegaron a ser bien conocidos.


II. Eusebio, Hist. Ecl. iii. 36, 1. 2

En este tiempo floreció en Asia Policarpo, un discipulo de los apóstoles, que habia recibido el obispado de la iglesia de Esmirna de manos de testigos y ministros del Señor. En este tiempo se distinguió Papias, que era él mismo también obispo de la diócesis de Hierápolis.


III. Eusebio, Hist. Ecl. iii. 39

Existen cinco libros de Papias, que tienen el titulo de Exposiciones de los Oráculos del Señor. De éstos Ireneo hace también mención como los únicos libros que escribió, con las siguientes palabras: «Estas cosas testificó Papias, que fue oidor de Juan y compañero de Policarpo, un hombre digno antiguo, al escribir en el cuarto des us libros. Porque hay cinco libros compuestos por él. Hasta aqui Ireneo.

Con todo, Papias mismo, en el prefacio de sus discursos, no declara, por cieno, que él mismo fuera oyente y testigo de vista de los santos apóstoles, pero muestra, por el lenguaje que usa, que recibió las materias de la fe de los que fueron amigos de ellos.

Pero yo no tendré escrúpulos también en citaros un lugar (de origen), junto con mis interpretaciones, de todo lo que he aprendido cuidadosamente y recordado cuidadosamente en el pasado de los ancianos, garantizándoos su verdad. Porque, al revés de muchos, no tuve placer en los que tienen mucho que decir, sino en los que enseñan la verdad; no en los que refieren mandamientos extraños, sino en aquellos (que dan testimonio de) los que dio el Señor para la fe, y se derivan de la misma verdad. Y también, siempre que venia una persona (cerca de mi) que habia sido seguidor de los ancianos, inquiria de él sobre los discursos de los ancianos: lo que habia dicho Andrés, o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Jacobo, o Juan, o Mateo, o algún otro de los discipulos del Señor, o lo que dicen Aristión y el anciano (presbitero) Juan, discipulos del Señor. Porque no creia poder sacar tanto provecho del contenido de libros como de las expresiones de una voz viva y permanente.

Aqui vale la pena observar que él enumera dos veces el nombre de Juan. Primero lo menciona en conexión con Pedro y Jacobo y Mateo y el resto de los apóstoles, evidentemente indicando al Evangelista, pero el otro Juan lo menciona después de un intervalo y lo pone con otros fuera del número de los apóstoles, colocando a Aristión delante de él, y llamándole de modo bien claro un «anciano». Asi que por ello resulta bien evidente que es verdadera la afirmación de los que dicen que habia dos personas de este nombre en Asia, y que habia dos tumbas en Efeso, cada una de las cuales hasta el dia de hoy es llamada (la tumba) de Juan. Y es importante notar esto; porque es probable que fuera el segundo, si uno no quiere admitir que fuera el primero, que vio la Revelación que es atribuida al nombre de Juan. Y Papias, del cual estamos hablando ahora, confiesa que él ha recibido las palabras de los apóstoles de aquellos que los habian seguido, pero dice que él mismo era un oyente de Aristión y el anciano Juan. En todo caso, los menciona frecuentemente por su nombre, y además registra sus tradiciones en sus escritos. Basta de estos puntos que espero no han sido aducidos sin provecho.

Vale la pena, no obstante, añadir a las palabras de Papias que se dan en los otros párrafos suyos transcritos antes, en que él da testimonio de algunos otros sucesos maravillosos semejantes, que le habrian llegado por tradición. Ya se ha dicho que Felipe el apóstol residia en Hierápolis con sus hijas, y debe ser notado aqui que Papias, su contemporáneo, refiere que él habia oido una historia maravillosa de las hijas de Felipe. Porque él refiere que en su tiempo se levantó un hombre de los muertos, y también da otra historia maravillosa sobre Justo, que tenia por sobrenombre Barsabás, y que éste habia bebido un veneno mortal, y, con todo, por la gracia del Señor, no sufrió daño alguno. De este Justo, el libro de Hechos consigna que después de la ascensión del Salvador los santos apóstoles le designaron con Matias, y oraron pidiendo una elección (recta), en lugar del traidor Judas, que completara su número. El pasaje es más o menos como sigue: «Y presentaron a dos, José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matias; y oraron y dijeron.» Este mismo escrito ha registrado otras noticias que le habrian llegado por tradición oral, ciertas parábolas extrañas del Salvador y enseñanzas suyas, y algunas otras afirmaciones de un carácter más bien mitico. Entre las cuales él dice que habrá un periodo de unos diez mil años después de la resurrección, y que el reino de Cristo será establecido en forma material sobre esta tierra. Estas ideas supongo él las obtuvo por un malentendido de los relatos apostólicos, no dándose cuenta de que las cosas registradas alli en figuras se decian misticamente. Porque, evidentemente, era un hombre de capacidad muy humilde, como se puede juzgar de sus propias afirmaciones; pese a todo, se debe a él el que tantos padres de la iglesia después de él hayan adoptado una opinión semejante, instando en apoyo de la misma la antigüedad del hombre, como por ejemplo Ireneo y todos los que han declarado que sostenian ideas semejantes. Papias también da en su propia obra otros relatos de las palabras del Señor sobre la autoridad de Aristión, que ha sido mencionado antes, y tradiciones del anciano Juan. A éstos remitimos al curioso, y para nuestro propósito actual añadiremos meramente a sus palabras, que han sido citadas antes, una tradición que él refiere en las siguientes palabras, respecto a Marcos, el que escribió el Evangelio:

Y el anciano dijo esto también: Marcos, habiendo pasado a ser el intérprete de Pedro, escribió exactamente todo lo que recordaba, sin embargo no registrándolo en el orden que habia sido hecho por Cristo. Porque él ni oyó al Señor ni le siguió; pero después, como he dicho, (ayudó) a Pedro, el cual adaptó sus instrucciones a las necesidades (de sus oyentes), pero no tenia intención de dar un relato conexo de las palabras del Señor. Asi que Marcos no hizo distinción cuando escribió algunas cosas tal como las recordaba; porque en lo que tenia interés, era en no omitir nada de lo que habia oido, y en no consignar ninguna afirmación falsa en ello.

éste es, pues, el relato que da Papias respecto a Marcos. Pero, con respecto a Mateo, hace la siguiente afirmación:

Asi que entonces Mateo compuso las palabras en lengua hebrea, y cada uno las interpretó como pudo.

El mismo escritor empleó testimonios procedentes de la primera Epistola de Juan, y también de la de Pedro. Y ha referido otra historia sobre una mujer acusada de muchos pecados delante del Señor, que se halla en el Evangelio según los Hebreos.


IV. Pericope Adulterae; ver Westcott y Hort: The New Testament in the Original Greek, 1. p. 241, II. pp. 82 ss. 91; Lightfoot: Essays on Supernatural Religion, p. 203 ss.

Y se fueron cada uno a su propia casa; pero Jesús se fue al monte de los Olivos. Y temprano por la mañana Él volvió al templo, [y todo el pueblo se allegó a Él; y Él se sentó, y les enseñaba]. Y los escribas y los fariseos traen una mujer sorprendida en adulterio; y habiéndola puesto en medio, le dicen: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, en el mismo acto. Ahora bien, en la ley de Moisés [se nos] manda que apedreemos a las tales; tú, pues, ¿qué dices? [Y esto lo decian para tentarle, para tener de qué acusarle.] Pero Jesús se inclinó, y con el dedo escribia en el sueJo. Pero cuando ellos siguieron preguntando [le], Él se levantó y [les] dijo: El que esté sin pecado entre vosotros, le eche la primera piedra. Y de nuevo se inclinó, y escribia en el suelo. Y ellos, cuando lo oyeron, se fueron uno a uno, empezando por los más ancianos; y Él se quedó solo, y la mujer alli donde estaba, en medio. Y Jesús se levantó, y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condena? Y ella dijo: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Ni yo te condeno; sigue tu camino; a partir de ahora no peques mas.


V. Felipe de Side (?), Hist. de Cristo

Papias, obispo de Hierápolis, que fue un discipulo de Juan el Teólogo y un compañero de Policarpo, escribió cinco libros de Palabras del Señor, en los cuales da una lista de los apóstoles, y, después de Pedro y Juan, Felipe y Tomás y Mateo, incluye entre los discipulos del Señor a Aristión y a un segundo Juan, a quien llamaba también «el anciano». [Dice] que algunos creen que este Juan es el autor de las dos Epistolas cortas y católicas, que son publicadas en el nombre de Juan; y da como razón el que los (padres) primitivos sólo aceptaran la primera epistola. Algunos también han considerado equivocadamente al Apocalipsis como suyo (esto es, del anciano Juan). Papias también está equivocado sobre el Milenio, y a partir de él Ireneo también. Papias, en su segundo libro, dice que los judios dieron muerte a Juan el Teólogo y a Jacobo su hermano. El mencionado Papias afirmó, bajo la autoridad de las hijas de Felipe, que Barsabás, que es también llamado el Justo, cuando le desafiaron a hacerlo algunos no creyentes, bebió veneno de serpiente en el nombre del Señor, y fue protegido de todo mal. Hace también otras afirmaciones maravillosas, y en particular sobre la madre de Manaim que resucitó de los muertos. En cuanto a los que fueron levantados de los muertos por Cristo, (afirma él) que ellos sobrevivieron hasta el tiempo de Adriano.


VI. Georgius Hamartolus, Cronicón

Después de Domiciano reinó Nerva un año, el cual mandó llamar a Juan de la isla (esto es, Patmos) y le permitió que residiera en éfeso. En este tiempo él era el único superviviente de los doce apóstoles, y después de escribir su Evangelio recibió el honor del martirio. Porque Papias, obispo de Hierápolis, que fue un testigo presencial suyo, en el segundo libro de las Palabras del Señor dice que fue muerto por los judios, y con ello, evidentemente, cumplió, junto con su hermano, la profecia de Cristo con respecto a ellos, y su propia confesión y empeño respecto a él. Porque cuando el Señor les dijo: ¿Podéis beber de la copa que yo bebo?, y ellos asintieron al punto, él dijo: Mi copa beberéis, y del bautismo que soy bautizado seréis bautizados. Y es natural que sea asi, porque es imposible que Dios mienta. Esto también afirma el sabio Origenes en su interpretación del Evangelio de san Mateo, que Juan fue martirizado, declarando que él habia sabido el hecho por los sucesores de los apóstoles. Y verdaderamente el bien informado Eusebio también, en su Historia Eclesiástica, dice: «Tomás recibió por suerte Partia, pero Juan, Asia, donde fijó su residencia, y murió en Efeso.»


VII. Jerónimo, de vir. illust. 18

Papias, un oyente de Juan, (y) obsipo de Hierápolis en Asia, escribió sólo cinco libros, que él tituló Una Exposición de los Discursos del Señor. En los cuales, cuando afirma en su prefacio que no está siguiendo afirmaciones promiscuas, sino que tiene a los apóstoles como sus autoridades, dice:

Yo acostumbraba inquirir lo que habian dicho Andrés, o Felipe, o Tomás, o Jacobo, o Juan, o Mateo, o cualquier otro de los discipulos del Señor, y lo que están diciendo Aristión y el anciano Juan, los discipulos del Señor. Porque los libros para leer no me aprovechan tanto como la viva voz resonando claramente en el dia de hoy en (la persona de) sus autores.

De lo cual se ve claro que en su lista de nombres hay un Juan que es contado entre los apóstoles, y otro, el anciano Juan, a quien enumera después de Aristión. Hemos mencionado este hecho a causa de la afirmación que hicimos antes, que hemos registrado bajo la autoridad de muchos, que las dos últimas epistolas de Juan no son (la obra) del apóstol, sino del anciano. Este (Papias) se dice que propagó la tradición judia de un Milenio, y que fue seguido por Ireneo, Apolinario y los otros, que dicen que después de la resurrección el Señor reinará en la carne con los santos.


VIII. Jerónimo, ad Lucinium Epist. 71(28), c. 5

Además, me ha llegado un falso rumor según el cual los libros de Josefo y los escritos de Papias y Policarpo han sido traducidos por mi; pero yo no tengo tiempo libre ni fuerza para traducir obras asi a otra lengua con la elegancia correspondiente.


IX. Jerónimo, ad Theodoram Epist. 75 (29), c. 3

Ireneo, un discipulo de Papias que fue oyente de Juan el Evangelista, refiere.


X. Andrés de Cesarea, Prefacio al Apocalipsis

Sin embargo, con respecto a la inspiración del libro (esto es, el Apocalipsis), consideramos superfluo escribir de modo extenso; puesto que el bienaventurado Gregorio (quiero decir el Teólogo) y Cirilo, y hombres de una generación pasada, asi como Papias, Ireneo, Metodio e Hipólito, dan testimonio de su autenticidad.


XI. Andrés de Cesarea, in Apocalypsin, c. 34, serm. 12

Pero Papias dice, palabra por palabra (le cito):

A algunos de ellos, claramente a los ángeles que eran santos al principio, El les dio dominio también sobre la ordenación del universo, y El los comisionó a que ejercieran su dominio bien.

Y dice luego:

Pero sucedió que su ordenación no sirvió de nada; porque el gran dragón, la antigua serpiente, que es llamada también Satanás y el diablo, fue echado, si, fue echado a la tierra, él y sus ángeles.


XII. Anastasio de Sinai, Contempl. Anagog. in Hexaëm, 1.

Teniendo su comienzo en Papias el grande, de Hierápolis, el discipulo del apóstol que reclinó su cabeza sobre el pecho de Cristo, y de Clemente, Panteno el sacerdote de los alejandrinos, y Amonio el gran erudito, estos antiguos y primeros expositores que están de acuerdo entre si en entender toda la obra de los seis dias (como refiriéndose) a Cristo y a su Iglesia.


XIII. Anastasio de Sinai, Contempl. Anag. in Hexaëm, vii

Asi pues, los expositores más antiguos de las iglesias, quiero decir Filón el filósofo, y contemporáneo de los apóstoles, y el famoso Papias de Hierápolis, el discipulo de Juan el Evangelista.., y sus asociados, interpretaron los dichos sobre el Paraiso espiritualmente, y los refirieron a la Iglesia de Cristo.


XIV. Iirineo, Haer., v. 33. 3, 4

La bendición asi predicha pertenece indudablemente a los tiempos del Reino, cuando los justos se levantarán de los muertos y reinarán, cuando también la creación renovada y liberada de servidumbre producirá una gran abundancia de alimento de todas clases, del rocio del cielo y la gordura de la tierra; como los ancianos, que vieron a Juan el discipulo del Señor, refieren que oyeron de él que el Señor acostumbraba enseñar respecto a aquellos tiempos y decir:

Vendrán dias en que crecerán vides, cada una de las cuales tendrá diez mil brotes, y cada brote diez mil ramas, y cada rama diez mil ramitas, y en cada ramita diez mil racimos, y en cada racimo diez mil granos, y cada racimo, una vez prensado, producirá veinticinco medidas de vino. Y cuando alguno de los santos habrá tomado en la mano uno de estos racimos, otro gritará: Yo soy un racimo mejor; tómame, bendice al Señor a través de mi. Del mismo modo, un grano de trigo producirá diez mil espigas, y cada espiga tendrá diez mil granos, y cada grano diez libras de harina fina, brillante y limpia, y los otros frutos, semillas y hierbas producirán proporciones similares, y todos los animales, usando estos frutos que son productos del suelo, se volverán pacificos y armoniosos, obedientes al hombre en toda sujeción.

De estas cosas Papias, que fue un oyente de Juan y un compañero de Policarpo, hombre respetado, dio testimonio por escrito en el cuarto de sus libros, porque compuso cinco. Y añadió, diciendo:

Pero estas cosas son creibles a los que creen. Y cuando Judas el traidor no creyó, y preguntó: ¿Cómo van a ser realizadas estas cosas por el Señor?, refiere que el Señor le dijo: Lo verán los que lleguen a estos (tiempos).


XV. Máximo el Confesor, Schol. in libr. Dionys. Areopag. de eccl. hierarch., c. 2

Los que practican la inocencia y sinceridad hacia Dios acostumbraban ser llamados niños, como también muestra Papias en el primer libro de las Exposiciones del Señor, y Clemente de Alejandria en el Pedagogo.


XIV. Máximo el Confesor, Schol. in libr. Dionys. Areopag. de eccl. hierarch., c. 7

Dice esto, él, indicando veladamente, supongo, a Pa pias de Hierápolis en Asia, el cual fue un obispo en aquel tiempo y floreció en los dias del santo Evangelista Juan. Porque este Papias, en el cuarto libro de sus Exposiciones Dominicales, menciona viandas como fuentes de deleites en la resurrección... E Ireneo de Lyon dice lo mismo en su quinto libro contra las herejias, y presenta en apoyo de sus afirmaciones al antes mencionado Papias.


XVII. Focio, Bibliotheca 232, sobre Stefanus Gobarus

Ni tampoco (sigue Stefanus) a Papias, el obispo y mártir de Hierápolis, ni a Ireneo, el santo obispo de Lyon, cuando dicen que el reino del cielo consistirá en el disfrutar de ciertos alimentos materiales.


XVIII. Compilado de Cramer, Catena ad Acta SS. Apost. (1838) p. 12 ss., y otras fuentes

Apolinario. «Judas no murió ahorcado, sino que vivió, pues fue cortada la cuerda antes que quedara asfixiado. Y los Hechos de los Apóstoles muestran esto, que cayó de cabeza y se abrió por la mitad, y salieron todas sus entrañas. Este hecho lo refiere más claramente Papias, el discipulo de Juan, en el cuarto (libro) de su Exposición de las Palabras del Señor, como sigue:

Judas anduvo por este mundo como un ejemplo terrible de impiedad; su carne hinchada hasta tal extremo que, donde un carro podia pasar sin estrechez, él no podia pasar, ni aun la masa de su cabeza meramente. Dicen que sus párpados se hincharon hasta el punto que no podia ver la luz en absoluto, en tanto que sus ojos no eran visibles ni aun para un médico que mirara con un instrumento; tanto se habian hundido en la superficie... »

( * ) Sus partes vergonzosas dicen que aparecian más repugnantes y mayores que que cuanto hay de indecoroso y que echaba por ellas de todo su cuerpo pus y gusanos para escarnio sobre los propios excrementos. Y después de muchos tormentos y castigos, murió -dicen- en un lugar de su propiedad, que quedó desierto y despoblado hasta el presente a causa del mal olor. Es más, hasta el dia de hoy no se puede pasar cerca de aquel lugar si no se tapa las narices con las manos. Tan enorme fue la putrefacción que se derramó de su carne sobre la tierra.


XIX. Un manuscrito Vaticano del siglo nueve

Aqui comienza el argumento del Evangelio según Juan. El Evangelio de Juan fue dado a conocer y entregado a las Iglesias por Juan, en tanto que permaneció en el cuerpo; como ha referido (un tal) Papias por nombre, de Hierápolis, un discipulo amado de Juan, en sus cinco libros exotéricos (léase exegéticos); pero él escribió correctamente el Evangelio que le dictó Juan.

( * ) Pero Marción , hereje, habiendo sido reprobado por él, por sentir de modo contrario, fue rechazado por Juan. Aquel, empero, le habia traido escritos o cartas de los hermanos que estaban en el Ponto.


XX. Catena, Patr. Graec. in S. Joan, publicado por B. Corder

Porque el último de éstos, Juan, por sobrenombre el Hijo del Trueno, cuando llegó a una edad muy avanzada, como nos han dicho Ireneo y Eusebio y una sucesión de historiadores dignos de confianza, hacia el tiempo en que surgian terribles herejias, dictó el Evangelio a su propio discipulo, el virtuoso Papias de Hierápolis, para rellenar lo que faltaba en los que antes que él habian proclamado la palabra a las naciones por toda la tierra.

Un aporte de:  www.santuario.cl

La primera apología

La primera apología

No se debe condenar a los cristianos sin oirles:

Al emperador Tito Elio Adriano Antonino Pío César Augusto, y a Verísimo su hijo, filósofo, y a Lucio, hijo por naturaleza del César filósofo y de Pío por adopción, amante del saber, al sagrado Senado y a todo el pueblo romano:

En favor de los hombres de toda raza, injustamente odiados y vejados, yo, Justino, uno de ellos, hijo de Prisco, que lo fue de Bacquio, natural de Flavia Neápolis en la Siria Palestina, he compuesto este discurso y esta súplica.

Los que son de verdad piadosos y filósofos, manda la razón que, desechando las opiniones de los antiguos, si no son buenas, sólo estimen y amen la verdad: porque no sólo veda el discreto razonamiento seguir a quienes han obrado o enseñado algo injustamente, sino que el amador de la verdad, por todos los modos, con preferencia a su propia vida, así se le amenace con la muerte, debe estar siempre decidido a decir y practicar la justicia. Ahora bien, vosotros os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis, es cosa que tendrá que demostrarse. Porque no venimos a halagaros con el presente escrito ni a dirigiros un discurso por un mero agrado, sino a pediros que celebréis el juicio contra los cristianos conforme a exacto razonamiento de investigación, y no deis sentencia contra vosotros mismos, llevados de un prejuicio o del deseo de complacer a hombres supersticiosos, o movidos de irracional impulso o de unos malos rumores inveterados. Contra vosotros, decimos, pues nosotros estamos convencidos de que por parte de nadie se nos puede hacer daño alguno, mientras no se demuestre que somos obradores de maldad o nos reconozcamos por malvados. Vosotros, matarnos, sí, podéis; pero dañarnos, no.

Mas porque no se crea que se trata de una fanfarronada nuestra de audacia sin razón, pedimos que se examinen las acusaciones contra los cristianos, y si se demuestra que son reales, se les castigue como es conveniente sean castigados los reos convictos; pero si no hay crimen de que argüimos, el verdadero discurso prohíbe que por un simple rumor malévolo se cometa una injusticia con hombres inocentes, o, por mejor decir, la cometáis contra vosotros mismos, que creéis justo que los asuntos se resuelvan no por juicio, sino por pasión.

Porque todo hombre sensato ha de declarar que la exigencia mejor y aun la única exigencia justa es que los súbditos puedan presentar una vida y un pensar irreprensibles; pero que igualmente, por su parte, los que mandan den su sentencia, no llevados de violencia y tiranía, sino siguiendo la piedad y la filosofía, pues de este modo gobernantes y gobernados pueden gozar de felicidad.

Y es así que, en alguna parte, dijo uno de los antiguos: Si tanto los gobernantes como los gobernados no son filósofos, no es posible que los estados prosperen.

A nosotros, pues, nos toca exponer al examen de todos nuestra vida y nuestras enseñanzas, no sea nos hagamos responsables del castigo de quienes, ignorando ordinariamente nuestra religión, pecan por ceguera contra nosotros; pero deber vuestro es también, oyéndonos, mostraron buenos jueces. Porque ya en adelante, instruidos como estáis, no tendréis excusa alguna delante de Dios, caso que no obréis justamente.

Ahora bien, por llevar un nombre no se puede juzgar a nadie bueno ni malo, si se prescinde de las acciones que ese nombre supone; más que más, que si se atiende al de que se nos acusa, somos los mejores hombres. Mas como no tenemos por justo pretender se nos absuelva por nuestro nombre, si somos convictos de maldad; por el mismo caso, si ni por nuestro nombre ni por nuestra conducta se ve que hayamos delinquido, deber vuestro es poner todo empeño para no haceros responsables de castigo, condenando injustamente a quienes no han sido convencidos judicialmente. En efecto, de un nombre no puede en buena razón originarse alabanza ni reproche, si no puede demostrarse por hechos algo virtuoso o vituperable. Y es así que a nadie que sea acusado ante vuestros tribunales, le castigáis antes de que sea convicto; mas tratándose de nosotros, tomáis el nombre como prueba, siendo así que, si por el nombre va, más bien debierais castigar a nuestros acusadores. Porque se nos acusa de ser cristianos, que es decir, buenos; mas odiar lo bueno no es cosa justa. Y hay más: con sólo que un acusado niegue de lengua ser cristiano, le ponéis en libertad, como quien no tiene otro crimen de qué acusarle; pero el que confiesa que lo es, por la sola confesión le castigáis. Lo que se debiera hacer es examinar la vida lo mismo del que confiesa que del que niega, a fin de poner en claro, por sus obras, la calidad de cada uno. Porque a la manera que algunos, a pesar de haber aprendido de su Maestro Cristo a no negarle, son inducidos a ello al ser interrogados; así con su mala vida dan tal vez asidero a quienes ya de suyo están dispuestos a calumniar a todos los cristianos de impiedad e iniquidad.

Mas ni en esto se procede rectamente; pues sabido es que el nombre y atuendo de filósofo se lo arrogan algunos que no practican acción alguna digna de su profesión, y no ignoráis que aquellos de entre los antiguos que profesaron opiniones y doctrinas contrarias, entran todos en la común denominación de filósofos. Y de éstos hubo quienes enseñaron el ateísmo, y los que fueron poetas cuentan las impudencias de Zeus juntamente con sus hijos; y, sin embargo, a nadie prohibís vosotros profesar las doctrinas de ellos, antes bien establecéis premios y honores para quienes sonora y elegantemente insulten a vuestros dioses.

(1-4; BAC 116, 182-186)

La resurrección de los muertos es posible:

Y a quien bien lo considera, ¿qué cosa pudiera parecer más increíble que, de no estar nosotros en nuestro cuerpo, viéndolos representados en imagen, nos dijeran que de una menuda gota del semen humano sea posible nacer huesos, tendones y carnes con la forma en que los vemos? Digámoslo, en efecto, por vía de suposición. Si vosotros no fuerais los que sois y de quienes sois, y alguien os mostrara el semen humano y una imagen pintada de un hombre y os afirmaran que ésta se forma de aquél, ¿acaso lo creeríais antes de verlo nacido? Nadie se atrevería a contradecirlo. Pues de la misma manera, por el hecho de no haber visto nunca resucitar un muerto, la incredulidad os domina ahora. Mas al modo que al principio no hubierais creído que de una gota pequeña nacieran tales seres y, sin embargo, los veis nacidos; así, considerad que no es imposible que los cuerpos humanos, después de disueltos y esparcidos como semillas en la tierra, resuciten a su tiempo por orden de Dios y se revistan de la incorrupción.

Porque, a la verdad, no sabríamos decir de qué potencia digna de Dios hablan los que dicen que todo ha de volver allí de donde procede y que, fuera de esto, nadie, ni Dios mismo, puede nada; mas sí que vemos bien lo que dijimos: que no hubieran éstos creído ser posible haber nacido tales y de tales, cuales a sí mismos y al mundo todo se ven haber nacido.

Por lo demás, nosotros hemos aprendido ser mejor creer aun lo que está por encima de nuestra propia naturaleza y es a los hombres imposible, que ser incrédulos a la manera del vulgo, como quienes sabemos que Jesucristo, maestro nuestro, dijo: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Y dijo más: No temáis a los que os matan y después de eso nada pueden hacer; temed más bien a Aquel que después de la muerte puede arrojar alma y cuerpo al infierno.

Es de saber que el infierno es el lugar donde han de ser castigados los que hubieren vivido inicuamente y no creyeren han de suceder estas cosas que Dios enseñó por medio de Cristo.

(19; BAC 116, 202-203)

Se respetan todas las religiones, menos la cristiana:

La primera prueba es que, diciendo nosotros cosas semejantes a los griegos, somos los únicos a quienes se odia por el nombre de Cristo y, sin cometer crimen alguno, como a pecadores se nos quita la vida. Y ahí tenéis que unos acá y otros acullá, dan culto a árboles, y a ríos, y a ratones, y a gatos, y a cocodrilos, y a muchedumbre de animales irracionales; y lo bueno es que no todos lo dan a los mismos, sino unos son honrados en una parte, otros en otra, con lo que todos son entre sí impíos, por no tener la misma religión. Y esto es lo único que vosotros nos podéis recriminar, que no veneramos los mismos dioses que vosotros, y que no ofrecemos a los muertos libaciones y grasas, no colocamos coronas en los sepulcros ni celebramos allí sacrificios. Ahora bien, que los mismos animales son por unos considerados dioses, por otros fieras, por otros víctimas para sacrificios, vosotros lo sabéis perfectamente.

(24; BAC 116, 207-208)

Los que vivieron de acuerdo con la razón, aun antes de la venida de Cristo, son cristianos:

Algunos, sin razón, para rechazar nuestra enseñanza, pudieran objetarnos que, diciendo nosotros que Cristo nació hace sólo ciento cincuenta años bajo Quirino y enseñó su doctrina más tarde, en tiempo de Poncio Pilato, ninguna responsabilidad tienen los hombres que le precedieron. Adelantémonos a resolver esta dificultad.

Nosotros hemos recibido la enseñanza de que Cristo es el primogénito de Dios, y anteriormente hemos indicado que Él es el Verbo, de que todo el género humano ha participado. Y así, quienes vivieron conforme al Verbo, son cristianos, aun cuando fueron tenidos por ateos, como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes, y entre los bárbaros con Abraham, Ananías, Azarías y Misael, y otros muchos cuyos hechos y nombres, que sería largo enumerar, omitimos por ahora. De suerte que también los que anteriormente vivieron sin razón, se hicieron inútiles y enemigos de Cristo y asesinos de quienes viven con razón; mas los que conforme a ésta han vivido y siguen viviendo son cristianos y no saben de miedo ni turbación.

(46, 1-4; BAC 116, 232-233)

La Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo:

Y este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, de la que a nadie es lícito participar, sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estas cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación: así se nos ha enseñado que por virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre que fue dicha la acción de gracias —alimento de que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestras carnes— es la carne y la sangre de Aquel mismo Jesús encarnado. Y es así que los Apóstoles en los Recuerdos, por ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así le fue a ellos mandado, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo. E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: Ésta es mi sangre, y que sólo a ellos les dio parte.

(66, 1-3; BAC 116, 257)

Diálogo con Trifón:

Justino responde a Trifón, y narra luego la conversación que tuvo tiempo atrás con un anciano cristiano sobre la filosofía:

Entonces él, sonriendo, cortésmente:

Y tú -me dijo-, ¿qué opinas sobre esto, qué idea tienes de Dios y cuál es tu filosofía? Dínoslo.

—Sí -respondí-, yo te voy a decir lo que a mí me parece claro. La filosofía, efectivamente, es en realidad el mayor de los bienes, y el más precioso ante Dios, al cual ella es la sola que nos conduce y recomienda. Y santos, a la verdad, son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia. Ahora, qué sea en definitiva la filosofía y por qué les fue enviada a los hombres, cosa es que se le escapa al vulgo de las gentes; pues en otro caso, siendo como es ella ciencia una, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teóricos, ni pitagóricos.

Quiero explicaros por qué ha venido a tener muchas cabezas. El caso fue que a los primeros que a ella se dedicaron y que en su profesión se hicieron famosos, les siguieron otros que ya no hicieron investigación alguna sobre la verdad, sino que, llevados de la admiración de la constancia, del dominio de sí y de la rareza de las doctrinas de sus maestros, sólo tuvieron por verdad lo que cada uno había aprendido de aquéllos; luego, transmitiendo a sus sucesores doctrinas semejantes a las primitivas, cada escuela tomó el nombre del que fue padre de su doctrina. (...)

¿Luego tú eres -me dijo- un amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no tratas de ser más bien hombre práctico que no sofista?

¿Luego tú eres -me dijo- un amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no tratas de ser más bien hombre práctico que no sofista?

Porque sin la filosofía y la recta razón no es posible que haya prudencia. De ahí que sea preciso que todos los hombres se den a la filosofía y ésta tengan por la más grande y más honrosa obra, dejando todo lo demás en segundo y tercer lugar; que si ello va unido a la filosofía, aun podrán pasar por cosas de moderado valor y dignas de aceptarse; mas si de ella se separan y no la acompañan, son pesadas y viles para quienes las llevan entre manos.

—¿La filosofía, pues -me replicó- produce felicidad?

—En absoluto -contestéle- y sola ella.

—Pues dime -prosiguió-, si no tienes inconveniente, qué es la filosofía y cuál es la felicidad que ella produce.

—La filosofía -le respondí- es la ciencia del ser y el conocimiento de la verdad, y la felicidad es la recompensa de esta ciencia y de este conocimiento.

—Y Dios, ¿a qué llamas tú Dios? -me dijo.

—Lo que siempre se ha del mismo modo e invariablemente y es causa del ser de todo lo demás, eso es propiamente Dios.

(1,6 a 2,2; 3, 3-5; BAC 116, 302-306)

La filosofía cristiana:

—Entonces -le dije-, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de dónde podemos sacar provecho si ni en éstos -en Platón y Pitágoras- se halla la verdad?

—Existieron hace mucho tiempo -me contestó el viejo-unos hombres más antiguos que todos estos tenidos por filósofos, hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, los cuales hablaron inspirados del espíritu divino, y divinamente inspirados predijeron lo porvenir, aquello justamente que se está cumpliendo ahora; son los que se llaman profetas. Éstos son los solos que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanagloria, sino llenos del Espíritu Santo, sólo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan todavía, y quien los lea y les preste fe puede sacar el más grande provecho en las cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre aquello que un filósofo debe saber. Porque no compusieron jamás sus discursos con demostración, como quiera que ellos sean testigos fidedignos de la verdad por encima de toda demostración; y por lo demás, los sucesos pasados y los actuales nos obligan a adherirnos a sus palabras. También por los milagros que hacían, es justo creerles, pues por ellos glorificaban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo, Hijo suyo, que de Él procede. En cambio, los falsos profetas, a quienes llena el espíritu embustero e impuro, no hicieron ni hacen eso, sino que se atreven a realizar ciertos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los espíritus del error y a los demonios. Por tu parte y antes que todo, ruega que se le abran las puertas de la luz, pues estas cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su Cristo concede comprenderlas.

(7; BAC 116, 313-314)

El sacrificio eucarístico, prefigurado en el Viejo Testamento:

La ofrenda de la flor de harina, señores —proseguí—, que se mandaba ofrecer por los que se purificaban de la lepra, era figura del pan de la Eucaristía que nuestro Señor Jesucristo mandó ofrecer en memoria de la pasión que Él padeció por todos los hombres que purifican su almas de toda maldad, a fin de que juntamente demos gracias a Dios por haber creado el mundo y cuanto en él hay por amor del hombre, por habernos a nosotros librado de la maldad en que nacimos y haber destruido con destrucción completa a los principados y potestades por medio de aquel que, según su designio, nació pasible. De ahí que sobre los sacrificios que vosotros entonces ofrecíais, dice Dios, como ya indiqué antes, por boca de Malaquías, uno de los doce profetas: No está mi complacencia en vosotros —dice el Señor—, vuestros sacrificios no los quiero recibir de nuestras manos Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y sacrificio puro porque grande es mi nombre en las naciones —dice el Señor—, y vosotros lo profanáis. Ya entonces, anticipadamente, habla de los sacrificios que nosotros, las naciones, le ofrecemos en todo lugar, es decir, del pan de la Eucaristía y lo mismo del cáliz de la Eucaristía, a par que dice que nosotros glorificamos su nombre y vosotros lo profanáis.

(41, 1-3: BAC 116, 369-370).

Por Justino Mártir